Maestros de la República

Con la conciencia tranquila, serenos, firmes. Así decían sentirse sabiendo cerca su adiós los miles de maestros de la República que sufrieron la represión franquista durante la Guerra Civil y los primeros años de posguerra. Sus delitos podrían expresarse en un papel en blanco, pero los fascistas se ensañaron con ellos como un símbolo de la resistencia republicana, de la mentalidad abierta y progresista, profundamente demócrata.

Desde la moralidad, nadie puede entender la tremenda represión que sufrieron aquellos docentes cuyo único pesar fue enseñar a las nuevas generaciones e inclulcarles los nuevos valores. Sus verdugos los consideraban como los responsables de haber introducido en la sociedad, a través de los niños, el virus republicano, mediante un posicionamiento político claro y una predisposición reivindicativa. Además, la mentalidad de los sublevados, con vistas a ganar la guerra, quería cortar de raíz, acabando con sus vidas, el espíritu republicano que pervivía en cada uno de ellos; de lo contrario, sería complicado instaurar una educación basada en el nacionalcatolicismo, como era intención de Franco y de los sectores conservadores en que se apoyaba el dictador. Se debía aplicar un castigo, un aviso contundente a los intelectuales de la época, mayoritariamente progresistas.

Hasta 60.000 maestros fueron depurados en la purga educativa de los sublevados, buena parte de ellos fusilados contra la tapia de los cementerios, como era la costumbre.

Los militares se encargaban personalmente de pedir informes a los alcaldes acerca de los maestros de las escuelas de cada pueblo o ciudad. A partir de noviembre del primer año de guerra, la depuración se institucionaliza en cierto modo, mediante la creación de comisiones provinciales que tenían en sus manos la competencia de permitir o rechazar su solicitud para seguir impartiendo clases. Muchos de ellos marcharon al frente para participar activamente contra aquellos que estaban acabando con su rango; otros tantos tuvieron que resignarse a aceptar el criterio de aquella comisión. Los maestros debían detallar en el informe que la comisión solicitaba si habían recibido la noticia del alzamiento con júbilo o con pesar, cuáles eran sus filiaciones políticas y de sindicatos, la actividad diaria de cada uno de ellos, e incluso la de sus compañeros. Acompañarían a los informes individuales los del cura, el alcalde y la guardia civil.

En muchos casos, y tal como solía funcionar en la guerra, se aprovechó esta coyuntura para culminar viejas rencillas personales. Muchos maestros fueron acusados falsamente por vecinos o allegados que deseaban acabar así, fácilmente y sin mancharse las manos de sangre, con aquellos con quienes habían mantenido rencillas en el pasado. Muchas de ellas eran de carácter religioso: los clérigos y personas de profunda fe católica consideraron una verdadera ofensa el hecho de que se retiraran de las aulas los crucifijos, motivo por el cual convirtieron en auténtico delito cuando las armas estaban de su parte.

El procedimiento era sencillo: cárceles, cunetas o tapias silenciarían para siempre aquellas voces docentes que habían pretendido inculcar en las conciencias inocentes de los niños el republicanismo. O eso creyeron sus asesinos. Los represaliados se sentarían en una silla frente a un sacerdote, que le preguntaría por sus pecados; éste le absolvería, acarreando sobre su espalda, al instante, que su silencio le convierta en cómplice de un asesinato brutal. Un tiro, quizá más, acabaría con sus vidas.

Pero hoy conocemos sus nombres, sus tareas, su valor, la tranquilidad con que murieron; y no podemos decir lo mismo de aquellos que empuñaron un arma contra los inocentes.

Y esa es la lección que nos han dejado.


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