Batalla de Madrid

La Resistencia en Madrid sigue siendo hoy un símbolo de valor para el pueblo madrileño, y lo fue entonces para la mitad de los españoles, afines al régimen republicano. No obstante, la otra mitad quedaba asombrada por la fuerza de una ciudadanía con escasa capacidad militar, que aguantó los bombardeos, los ataques, las incursiones y el corte de suministros que había de dejarles apenas si nada que comer.

El pueblo de Madrid no conoció la marcha del Gobierno a Valencia hasta bien avanzado el día 7 de noviembre, y la prensa no recogió este hecho hasta el día siguiente. Por entonces, el general Enrique Varela había lanzado sus fuerzas de asalto contra la capital, que contaba con ocho columnas, otra de caballería y una más en formación. Lo más selecto del ejército de África quedaba entre aquellas filas de hombres preparados para una lucha encarnizada. El general Rojo, fiel a la República, calculó que Varela se presentaba al frente con unos 30.000 hombres.

Por otro lado, los hombres con los que contaban Rojo y Miaja podían establecerse entre los 19.000 y los 20.000 soldados, aunque la confusión de aquellos momentos no deja nada en claro. Además, estaban mal organizados, bajos de moral y desgastados por las anteriores batallas libradas sobre el territorio nacional. El componente miliciano de estas filas era, muy al contrario del ejército sublevado, muy alto: unidades creadas por partidos y sindicatos, con escasa instrucción y heterogéneamente armadas.

El modelo de ataque que Varela planteaba era, a ojos de Rojo, una maniobra clásica. Así, determinó que tres columnas enemigas, componentes del ala izquierda, tenían la misión principal en el ataque, la de establecer la base de partida. Otras dos actuarían para atracción, fijación y diversión del enemigo sobre el curso del Manzanares, sin atravesarlo. El ataque frontal sería en la Casa de Campo, para cruzar el río entre los puentes de los Franceses y de San Fernando, penetrando así en la Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste hasta la base citada.

La respuesta de rojo suponía un plan eficaz: pensaba aprovechar el factor sorpresa del enemigo y la debilidad del flanco izquierdo. Los generales republicanos no confiaban en unas tropas debilitadas física y moralmente, por lo que no podía diseñar un plan de simple resistencia ante los ataques de los sublevados, mejor preparados en el aspecto armamentístico gracias a las aportaciones de las potencias fascistas.

Ni Varela ni Miaja y Rojo cambiaron sustancialmente sus planes iniciales de batalla.

Fueron 17 días, entre el 7 y el 23 de noviembre de 1936, de feroces combates, que arrasaron con hombres, material y tierras. Madrid reunió en su seno a lo más diverso del bando republicano: ideologías de todo tipo que compartían una lealtad a la legalidad de la República, hombres con una calidad de combate diversa y procedentes de los más variados frentes. En la batalla se vio caer la estrella de grandes nombres, como Durruti, y ascender la de otros, como Rojo, erigido ahora como General desde su puesto de coronel.

Estos días de intensa batalla y sagrientos enfrentamientos convirtieron a los inexpertos milicianos en verdaderos soldados frente al enemigo, desde la práctica más cruel.

Aún hoy se preguntan por qué el ejército mejor preparado, cuantitativamanete mayor, superior en armamento de tierra y con una fuerte aviación no pudo con Madrid. algunos dan como respuesta que el medio urbano fue la clave del fracaso del bando franquista. Otros, sin embargo, achacan la resistencia de la capital a un ambicioso plan de Franco, que subestimó a las tropas republicanas de Madrid y creyó poder entrar en ella con menos medios de los que en realidad necesitaba. Franco suspendió su ataque frontal el día 23 de noviembre, justo cuando el combate iba a comenzar verdaderamente en las calles madrileñas, como de hecho ya había sucedido en los Carabancheles y en los barrios circundantes.

En el Madrid asediado se produjeron fenómenos sociales que anticipan lo que después sería conocido como “la guerra total”. A la población civil apenas le quedaba espacio para mantenerse al margen, a refugio, de la batalla que se libraba.  La movilización popular ante la guerra fue innegable.

Nunca como en la defensa de Madrid se puso en marcha un aparato propagandístico y movilizador de la población tan intenso, reiterativo y sobre todo, y a la vista de los resultados, eficaz. Todos los medios de comunicación posibles fueron puestos al servicio de la República para defender Madrid del asalto fascista.

La vida cotidiana de los madrileños en estos días fue absolutamente contradictoria. Los cafés, cines, teatros y burdeles estaban a rebosar de gente, mientras la gente comía, vestía y se alojaba en pésimas condiciones, dado el bloqueo a que se veían sometidos. Madrid estaba ya saturada de población refugiada de las zonas limítrofes ocupadas por los sublevados, además del amplio sector de milicianos venidos de otros frentes, o disfrutando de un permiso.

En definitiva, Madrid constituye hoy un ejemplo único en los coportamientos civiles durante la guerra civil española. La resistencia de la capital salvó entonces a la República, y contrarió a sus enemigos. Para unos, una gloriosa victoria; para otros, una ominosa tragedia.

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