Batalla de Teruel

La batalla de Teruel tuvo lugar entre los días 15 de diciembre de 1937 y 22 de febrero de 1938. Más de dos meses de inparables combate que se tradujeron en un triunfo para la República, pero bajo el cual subyacía un goteo incesante de muertos y unas condiciones de vida penosas para la población civil.

El gobierno del Frente Popular, tras conseguir frenar la ofensiva de Franco sobre Madrid, había iniciado la creación de un verdadero ejército. El apoyo de los carros blindados y los aviones soviéticos, la militarización de las columnas de milicianos, las brigadas internacionales y el llamamiento de nuevos reemplazos posibilitaban recomponer unas fuerzas que hasta el momento sólo habían cosechado derrotas. El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, diseñaba una gran ofensiva que partiera en dos la España Nacional y que permitiera recuperar la iniciativa estratégica. Pero antes de que todo este operativo llegara a culminarse, con la caída de Asturias a finales de noviembre de 1937 terminaba la campaña del Norte. Todas las ciudades de la cornisa cantábrica leales a la República habían caído. Franco tenía a su disposición un gran número de fuerzas, amparadas esta vez por los recursos industriales recién conquistados. Con ellas, planificó un nuevo ataque sobre Madrid a través de Guadalajara. El descubrimiento de esta ofensiva por los servicios de información republicanos, decidió a Indalecio Prieto, ministro de defensa, a ordenar una operación que la evitara. El ataque a Teruel.
Teruel estaba en un saliente del frente. Se encontraba rodeada por el territorio controlado por la República salvo por el Noroeste, en una estrecha franja por la que transcurría una única carretera y el ferrocarril hacia Zaragoza. La defendían escasas tropas, y muy dispersas entre si. El general Muñoz Castellanos, jefe del sector había reclamado insistentemente el envío de nuevas unidades, pero se le habían denegado. Era, por consiguiente, un éxito fácil de lograr.
El plan republicano consistía en cruzar las líneas enemigas durante la noche, aislar la ciudad, y una completado el cerco, consolidar sus posiciones y tomar la capital. Se movilizaron para la operación un total de 77.000 hombres, 3.230 vehículos y 2.350 caballos.

El día 15 de diciembre, bajo un intenso frío, las tropas de infantería republicanas cruzaban el frente, y en pocas horas dejaban aislados a los 4000 soldados de infantería y a los centenares de voluntarios que defendían el sector. La sorpresa había sido total. Las unidades nacionales, al mando del coronel Rey d’Harcourt, resistieron durante cuatro días en el puerto Escandón y en la Muela, pero se vieron obligadas a abandonar sus posiciones y replegarse. Desde los primeros momentos, la aviación comenzó a atacar la ciudad, provocando el terror entre los habitantes de la capital.
Franco se dio cuenta que el ataque a Teruel no era una simple escaramuza bélica. Las mejores divisiones del ejército de la República habían penetrando por el flanco sur de su proyectada ofensiva sobre la capital de España. Ante el alcance de las noticias que llegaban del frente, decide suspender las operaciones sobre Madrid. Ordena el contraataque sobre Teruel. Según su concepción del honor militar, forjado en las campañas africanas, el ejército nacional no podía perder una capital de provincia y abandonar a compañeros en peligro. Al igual que en Toledo, Oviedo, o Belchite la liberación de la plaza prevalecía sobre otras consideraciones. Pero con el paso de los días, y tras la rendición de la ciudad, se valoraron otras opciones. Allí se encontraba el recién creado ejército popular. Si era derrotado, a la República no le quedarán reservas para enfrentarse a nuevas ofensivas, que acabarían rápidamente con la guerra.
De acuerdo con estos planes se organizan dos cuerpos de Ejército, al mando de los generales Varela y Aranda para el auxilio de la ciudad, y se ordena a la guarnición de Teruel resistir a toda costa. Aunque la aviación nacionalista pronto consigue la superioridad aérea, las tropas de tierra se encuentran con una fuerte resistencia al avanzar. Pasan los días, y la situación de los sitiados se hace cada vez más complicada. Son batidos por la artillería desde las colinas cercanas, y no tienen nada con que oponerse. El pánico se desata entre la población civil, que se agolpa en los sótanos de los edificios. Casi al mismo tiempo, y ante el avance de las tropas republicanas, se decide fortificar dos reductos urbanos. Uno, en torno al Seminario, la iglesia de Santiago y los conventos de Santa Clara y Santa Teresa, defendido por el coronel Barba. Otro, con los edificios de la Plaza de San Juan: el Banco de España, el hospital de la Asunción, el Hotel Aragón y la Comandancia militar, dirigido por el coronel Rey d’Harcout. Las tropas supervivientes, unas 3.700, llegaban a los edificios tras seis días de lucha. Estaban exhaustas y completamente diezmadas. Junto a ellas, en los sótanos, se hacinaban unos cuatro mil civiles. Acudieron creyendo que iban a encontrar un refugio seguro, pero les esperaba el hambre, el frío y el miedo a ser enterrados vivos entre las ruinas. Algunos de los mensajes telegrafiados de los defensores pueden dar cuenta de la situación del cerco, que duró veinticuatro días.

Bajo las inclemencias del tiempo las fuerzas nacionales avanzaban poco a poco hacia Teruel. El día 31 lograron ocupar las afueras de la ciudad. Las unidades republicanas, castigadas durantes tres días por el ataque de la aviación y de cuatro divisiones de socorro, huyeron del frente. El pánico se apoderó de los sitiadores y precipitadamente, la ciudad se quedó desierta. Los defensores pudieron ver los batallones libertadores descendiendo desde la Muela. La alegría fue indescriptible. Pero inexplicablemente, los soldados detuvieron en el puente sobre el río Turia. Desde las ruinas de los reductos, los coroneles tampoco permitieron la salida de los defensores. Nevaba intensamente, y la entrada triunfal de las tropas se pospuso para la mañana siguiente. Pero durante la noche las mismas unidades que habían huido fueron detenidas por sus mandos y obligadas a volver a sus posiciones. Cuando el día 1 de enero se intentó enlazar con los sitiados, una lluvia de balas y metralla les detuvo. Dos divisiones de refresco reforzaron al ejército republicano y se inició, en medio de la nieve, una terrible lucha de diez días por controlar la Muela de Teruel. Sobre esta meseta, que domina toda la ciudad, sin abrigos en los que guarnecerse, con el suelo helado, los horrores de la guerra se multiplicaron. Las muertes, y las amputaciones de miembros por efecto del frío se contaron por miles. Los soldados de ambos bandos, aterridos, lloraban y deliraban.
Los sitiados, desmoralizados y cada vez con menos medios, todavía lograron resistir una semana. Finalmente el día 7 de enero, viendo la situación agónica de miles
de heridos, sin agua ni medicamentos, el coronel Rey d’Harcourt decidió capitular. Al día siguiente el coronel Barba pactó la evacuación de los heridos, pero aprovechando la confusión creada con su salida, los sitiadores entraron en los escombros y capturaron a los oficiales. Finalmente se había tomado la ciudad. Desde el hotel Aragón, un grupo de combatientes que se negó a capitular logró huir durante la noche cruzando el Turia, enlazando con las tropas nacionalistas en las cercanías de San Blas.
El gobierno de Juan Negrín utilizó la conquista de Teruel para ofrecer al mundo su primera victoria militar importante. Los corresponsales de guerra extranjeros, que habían seguido la lucha desde diciembre, trasmitieron la noticia a todo el mundo. En la retaguardia nacional, la pérdida de la ciudad se vivió como una humillación, y se acusó injustamente al coronel Rey d’Harcourt de “impericia y flaqueza” por rendir la plaza. La prensa había convertido Teruel en una gran victoria militar y política para la República.

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