Batalla del Ebro

La más grande y brutal batalla de la guerra civil española tuvo lugar en la orilla oeste de este emblemático río de la geografía de España. Tuvo lugar en el verano de 1938.

La primera fase de la batalla comienza cuando el 24-VII-1938 se produce por sorpresa un impresionante contraataque del ejército republicano desde Cataluña, ocupando en pocas horas la citada «bolsa» al oeste del Ebro, que cruzan de noche con diversos procedimientos (puentes, barcas, etc.). Se trata, utópicamente, de intentar volver a unir las dos grandes zonas aún fieles a la República, recuperando la salida al mar por Castellón de los nacionales, volviendo a tomar Gandesa y Alcañiz, llegando otra vez al Cinca y soñando con Zaragoza como la gran meta siempre en el bando republicano. En realidad, la operación en sí suponía un alcance mucho menos ambicioso: dar nuevos estímulos a las tropas, y, sobre todo distraer y diferir la ofensiva de los nacionales contra Valencia. De hecho se consigue durante los cuatro meses que dura la batalla y se prolonga casi un año la ya prevista victoria de Franco. El gobierno de Negrín esperó siempre en la internacionalización inminente del conflicto español, lo que sin embargo sería aplazado un año por los acuerdos de septiembre en Munich entre las grandes potencias europeas: ni Hitler ni Mussolini deseaban una guerra mundial hasta ver finalizada, y en su favor, la guerra española.

La excepcional concentración de tropas (se calculan unos 200.000 republicanos y más de 300.000 nacionalistas) de las que una parte enorme quedará alojada en un inmenso cementerio en aquellas lomas (sigue la discusión entre quienes hablan de «sólo» unos 100.000 muertos y quienes apuntan hacia casi el doble) y el «estilo» de los combates, más cerca de la I que de la II Guerra Mundial, con utilización de un aparato artillero incesante, que supone una lluvia continua de metralla (millón y medio de disparos, lo que da unos 13.600 diarios) dirigida con frecuencia a las trincheras enemigas por mecanismos aéreos o incluso antiaéreos, ha permitido hablar del «Verdún español» al referirse a las operaciones militares de rechazo de este avance-respuesta de los republicanos. Muchas de las figuras míticas de ambos bandos dirigen las respectivas tropas: el general Vicente Rojo las republicanas, en cuyas 6 divisiones iniciales destacan el general «Modesto» de los milicianos y el jefe del V Cuerpo de Ejército, formado en su mayoría por comunistas, Enrique Líster. Destaca también el XV Cuerpo de Ejército (Tagüeña) y la XIV Brigada Internacional, que fracasa en su zona y, en la retirada, se despide de la guerra: el 14 de octubre son evacuados los 6.000 combatientes extranjeros en Cataluña.

Por parte de los nacionales -cuya superioridad es aplastante desde el principio en hombres y material- son también inicialmente 7 divisiones, entre las que se encuentran el ejército marroquí, cuyo cuartel general estaba en Caspe; la dirección corre a cargo de García Valiño (el propio general Franco se incorpora al frente en agosto) y son pronto reforzadas por las divisiones navarras (al mando de Mizziam y Alonso Vega), las unidades italianas del C.T.V., la Legión «Cóndor» y otros cuerpos de ejército a cuyo frente están Moscardó, Yagüe, Muñoz Grandes, etc.

Los nacionales tienen como primer objetivo restablecer la línea del Ebro, para lo que atacan por el oeste y el norte, con lo que, según telegrafía Dávila a Yagüe, «la reducción de la bolsa de Mequinenza es cosa fácil». Efectivamente, se tratará, según estudia Martínez Bande, de una maniobra movida, ágil y con cambios de dirección en las líneas de ataque, dirigida por el general Vigón y en su final por el propio Yagüe.

A pesar de la altísima moral de las tropas republicanas, ilusionadas por el inusitado avance, la operación en este caso es muy rápida (desde las 11 de la mañana del 6 de agosto hasta mediodía del 7) y sobre todo extraordinariamente violenta y aparatosa, con 25 baterías de artillería y una dura persecución de las tropas republicanas, bombardeadas continuamente por la aviación. En ese fugaz episodio termina geográficamente la guerra en Aragón, tras la toma de 1.626 prisioneros republicanos y la muerte de acaso más hombres, la mayoría de ellos también de ese bando.

Aunque la batalla dura cuatro largos meses y la resistencia republicana fue casi increíble, el empuje y la superioridad del contraataque de Franco condujo a la victoria el 16 de noviembre: más de 20.000 prisioneros quedaron en sus filas, mientras el repliegue hacia el interior de Cataluña abría el camino hacia Barcelona: el avance comenzó la víspera de Nochebuena y ya sería imparable, hasta tomar todo el territorio catalán y provocar el masivo éxodo republicano hacia Francia. Era el comienzo del fin y el auténtico «Waterloo» de la revolución española, como lo ha calificado Abraham Guillén, quien critica desde la extrema izquierda el error estratégico de comunistas, militares profesionales y burguesía republicana: «En la guerra política no importa ganar espacio sino población» y esta batalla, añade, supuso un desgaste de material humano y de equipo militar irreemplazables. También señala el fallo de las potenciales guerrillas aragonesas que, a su juicio, debieron haber actuado como quinta columna en la retaguardia de los nacionales distrayendo sus movimientos; pero las colectividades anarquistas habían sido desmanteladas el verano anterior y varios miles de campesinos aragoneses habían huido a Francia. En todo caso, al igual que en los casos de Belchite y Teruel, una vez más se trató de hechos bélicos de ataque y contraataque, con alternancia de posiciones y con un derroche de valor y generosidad por aquellos miles de españoles de ambos bandos.

[Enciclopedia aragonesa]

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