Emotiva despedida a Rosario Dinamitera

19 04 2008

Rosario, dinamitera, sobre tu mano bonita celaba la dinamita sus atributos de fiera. Nadie al mirarla creyera que había en su corazón una desesperación, de cristales, de metralla, ansiosa de una batalla, sedienta de una explosión”. Así rezaban los versos que el poeta Miguel Hernández le dedicó a Rosario Sánchez Mora, destinada en el sector de dinamiteros del Quinto Regimiento en Somosierra. Otra de las tantas mujeres de hierro atadas incondicionalmente a una promesa, a un ideal: defender la legalidad de la República en una fraticida Guerra Civil Española.

El pasado 17 de abril decíamos adiós a Rosario; a su cuerpo, de una sola mano- la izquierda-, la que no había sucumbido al estallido de la dinamita. Pero jamás a su recuerdo, a la memoria que respira a través de su historia, la manía incansable de no dejar una palabra por decir ni un silencio de más.

Ayer, el cementerio civil de La Almudena recibió un centenar de personas que quisieron despedir a Rosario, la Dinamitera. Rosas rojas y una bandera de otro color, la republicana, cayeron sobre su féretro. A continuación, la lluvia del cielo de Madrid, la ciudad que ella defendió con su vida-y con sus manos-. Y un silencio abrumador, tan sólo interrumpido por el repiqueteo constante del granizo primaveral.

No se oyó una oración, ni se vio una sola sotana, ni una cruz pendía de la lápida de granito. Así lo quiso ella. En su lugar, el poema de Miguel Hernández. Y un sentido “¡Viva, la República!”. La respuesta unánime entonando el Himno de la Internacional, una melodía que daba vida a aquel necrológico acontecimiento.

Y detrás de los gritos, de los cantos, de aquel doloroso adiós, un sentimiento subyacía, dentro de todos y cada uno que conformaban el centenar de asistentes: la añoranza de una vieja República y la esperanza de una nueva, de un ideal comunista, de un pasado colectivo que aún llama a nuestras puertas.

Y el granizo de primavera dio una tregua en el último-y rojo, siempre rojo- adiós.